Luego de un día pesado oyendo las gotas de lluvia caer y estampase sobre el suelo, cae la noche fría, oscura y silenciosa. Las almas mendigan por las calles pero la ciudad muere. Los aromas se entremezclan con la pegajosa humedad y el gusto salado que se desprende de las lágrimas. Los corazones se pudren lentamente desprendiendo ínfimas partículas de locura y pasión que se unen al flameante viento y a su sinfonía. Se escuchan gritos de miedo que escapan de mentes tan cobardes como vulnerables. La ingenuidad se esconde dentro de un placard y todo parece ser perfecto, hasta que nuestro propio fantasma nos muestra la mediocre realidad.
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