No podía más que pensar en esa última oportunidad, revoloteaba en la mente la idea de encontrarla, de no seguir siendo un amante silencioso, de conseguir por fin ese brillo de los afortunados. Buscó de un lado a otro, pensó muchas maneras de decirle cuánto había albergado en su corazón durante tantos años hasta que por fin logró dar con la habitación .
Al entrar no sintió el olor a éter que habitualmente deambula por los hospitales y como entre tinieblas la divisó maravillosa como siempre, pálida y tranquila y sin pensarlo dos veces se acercó a ella con delicadeza para no molestarla . Quiso tocar su mano, mas no sintió su calor, quiso besarla, mas no sintió su olor. Intentó repasar qué había sucedido y vertiginosamente un estertor lo recorrió; su último recuerdo fueron fierros retorcidos, gritos desconsolados, una sirena que velozmente se alejaba y junto con ese monocorde sonido se iba también, ineludiblemente, la última posibilidad de gritar su primer te amo.
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